El cuaderno rojo

El cuaderno rojo

        Se querían con locura. Mimaban su relación con esmero, conscientes de los peligros que acechan a las parejas enamoradas: pequeñas trifulcas que acaban en rencores, una palabra más alta que otra que abre un herida indeleble, insultos velados en el calor de una discusión…

        Compraron un cuaderno con tapas rojas. Cuando aparecía un desacuerdo o amenazaba con surgir un comentario amargo, escribían apresuradamente las duras palabras que hervían en su interior. El otro podía leerlo, desde luego, pero la letra escrita no daña tanto como un recuerdo colérico del amado.

        Aquel día, ella estaba furiosa. Corrió hacia el cuaderno y garabateó su rabia. Pero no era suficiente; pensó en esconderle el pequeño librillo. Lo ocultó tras los cojines del sofá y se sentó a esperarle. «Ja, a ver qué hace ahora».

        Él apareció con mirada furibunda. Fue a buscar el cuaderno a su lugar de siempre —el cajón del aparador— y se quedó helado. La miró, pero ella desvió los ojos. Él se lanzó a una búsqueda desesperada y, por supuesto, infructuosa. Tras haber puesto patas arriba toda la casa, se plantó ante ella con el semblante rojo, bullendo su cólera. Abrió la boca; ella le miró curiosa. Él tomó aire y, como una exhalación, se lanzó por la ventana abierta.

        Ella se levantó, sacó el cuaderno rojo de su encondite y, abrazado a él, fue detrás de su amante.

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